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Revista INTERACCION
No. 24

| Indice: Revista No. 24 |

De la conciencia inferior a la conciencia superior


Por: Antonio González V.
Psicólogo


Cada época se caracteriza por algo. El Siglo XX ha sido sin duda la época de mayor desarrollo humano prácticamente en todas las áreas del saber, del hacer y del tener: informática, viajes espaciales, industrias, mercadeo de productos y servicios, por supuesto fundamentados en la ciencia formal o empírica o en una combinación de ambas. "La ciencia es funda
mentalmente una estructura mental, lógica, que consiste en derivar consecuencias a partir de principios" (El concepto de revolución científica, Willian Darós, 1982).

En todo caso la ciencia es un conjunto de conocimientos sistemática o metódicamente considerados u organizados por el hombre que individual o socialmente los ha valorado de acuerdo a diversos criterios y creencias para poderse dar al menos alguna explicación o bien para actuar u operar en el mundo. Las ciencias tienen un aspecto material, aquello a lo cual se refieren los pensamientos y un aspecto formal, un modo válido de organizar los pensamientos.

Sin embargo cuando acudimos a la ciencia para buscar en ella comprensión, explicación y posibles soluciones a la problemática cada vez más creciente de violencia, corrupción, destrucción impunidad y desprecio por la vida no encontramos respuestas ni soluciones satisfactorias, por cuanto son fenómenos de conciencia, que son fuente de esas manifestaciones perturbadoras.

El concepto de conciencia profunda equivale al concepto de espíritu o energía intencional individual y social, de cuya sabia reordenación depende el desarrollo de las funciones superiores del pensamiento y demás factores que sirven de conectores con el mundo, según se concentre la atención del espíritu en grandes horizontes de significación o se disperse su atención a la vida en detalles triviales.

El fondo de la actual crisis es mucho mayor que secuelas de administraciones anteriores, más que producto del narcotráfico, la guerrilla, los paramilitares, la impunidad y la violencia y las violaciones de todos los derechos humanos. La crisis es una manifestación externa de factores más profundos.

Colombia ha ido pasando históricamente de un estado de conciencia inferior: una sociedad sojuzgada por las pequeñas ambiciones de poder y riqueza de unas pocas familias egocéntricas que van poco a poco ajustando sus ideales, su forma de pensar y su medida de desarrollo a la mediocridad de sus dirigentes.

Esta lamentable mediocridad ha sido posible porque la conciencia colectiva carece de referentes de grandeza, suficientemente fuertes para exigir mejores políticas y porque sus subsistemas sociales, especialmente el sector educativo, sólo le han ofrecido referentes de escaso aliento social e indiferencia por el crecimiento cultural del país. La conciencia nacional no ha comprendido en qué consiste el verdadero desarrollo.

Colombia ha sido inconsciente de los problemas internos que están bloqueando el potencial espiritual de sus gentes y que tal inconsciencia ha sido determinante en el enfoque erróneo de políticas sociales, de pseudocrecimiento económico y de omisiones de crecimiento espiritual, inspiradas por sugerencias o presión externa. La intencionalidad vacía sitúa las fuentes del conocimiento fuera de su propia realidad.

"Al quedar vacía la intencionalidad y por fuera de ella las fuentes del conocimiento surge del núcleo axiológico alineado de la conciencia, valoraciones adoptadas y por tanto advenedizas, parásitas e inauténticas, que por ello son frustrantes y estallan en múltiples explosiones de violencia y autodestrucción. Los miembros de una sociedad así no se respetan, no se estiman, no son confiables. Se forma el círculo de la serpiente que se devora a sí misma por la cola. Se debilitan los símbolos, se aliena más la epistemología" (Los agujeros negros de la conciencia colombiana, Jaime Ospina Ortiz, 1987)

No obstante, es importante reconocer que las verdaderas fuentes del conocimiento están en nosotros, en nuestros sentidos, en nuestro contacto con los objetos de la naturaleza y con las personas de nuestro entorno; están en nuestra capacidad de admiración, percepción, observación y análisis; están en las palabras símbolos y las imágenes simbólicas que existen en nosotros, están en el cúmulo de riqueza y sabiduría popular que se manifiesta de manera natural, está en nuestra sangre, en nuestra intencionalidad. Somos nosotros, somos conciencia, porque conocemos y nos hacemos cargo de nuestra realidad.

Ahora es el tiempo propicio para el paso de un estado de conciencia inferior a un estado de conciencia superior. Nuestra fuerza no está en la riqueza, en el dinero, en el poder político, en los medios ni en las armas. Nuestra fortaleza está en nuestras propias debilidades que nos insta a poner en funcionamiento las funciones superiores de pensamiento fundamentadas sobre el sentido y la reflexión, la simbología y axiología sólidas y verdaderas.

El verdadero desarrollo del ser humano consiste en el paso de un estado de conciencia a otro. Es una sucesión de expansiones, un desarrollo de la facultad perspectiva que constituye la característica predominantes del inmanente pensador. Es el progreso de la conciencia centralizada en la personalidad, yo inferior o cuerpo, hacia la conciencia centralizada en el yo superior, alma o espíritu, hasta que oportunamente la conciencia llega a ser divina.

Todo progreso en el reino de la conciencia se efectúa lógicamente mediante una serie de despertares que deberían realizarse en forma gradual y abarcar un periodo más extenso, como sucede en las actuales condiciones planetarias. La evolución de la conciencia ha de ser estudiada por el intelecto humano. Cuando el ser humano haya progresado más y su conciencia comience a despertar a la realidad, la naturaleza de esta ilusión llegará a ser evidente para él.

La expansión de la conciencia, la adquisición de una acrecentada sensibilidad y la percepción consciente, es meta de todos los esfuerzos divinos y jerárquicos. La meta no es obtener un mejoramiento de las condiciones materiales, las cuales seguirán automáticamente cuando vaya desarrollando firmemente el sentido de percepción. El futuro de la humanidad está determinado por su aspiración y capacidad para responder al idealismo que hoy alienta al mundo (Reflexiones sobre esto, Djwal Khul, 1992)


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