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Revista INTERACCION
No. 25

| Indice: Revista No. 25 |

BOGOTÁ VEINTITRÉS VEINTICINCO


Por: Pablo González Rodríguez


Miguel 7NJ Ariza caminaba sin mayor afán hacia la estación del Trans que lo llevaría finalmente a su casa. A su espalda brillaba la publicidad de vivos colores que se proyectaba sobre las fachadas de los edificios, iluminando las calles sin alumbrado. Había pasado los últimos trece días en el Viejo Bogotá y ya era hora de volver a su distrito, Zipaquirá -3. Sólo había logrado cambiarse de ropa una vez en el tiempo que llevaba ahí su cara mostraba ya una barba sucia y descuidada.

Descendió a la estación Corferias y atravesó el umbral láser que, al leer el código de barras tatuado en su cuello, descontó 14 créditos de su cuenta, el precio del pasaje. Nunca había tenido el dinero para instalarse el chip bajo la piel y por eso debía llevar esa marca como prueba de su pobreza. Se subió en un vagón desocupado y en 15 minutos estuvo en la estación Minas de Sal. Ahí tomó otro vagón que descendió rápidamente desde la superficie hasta el nivel -3, a 250 metros bajo tierra.

Al abrir la puerta una gran nube de polvo salió despedida del interior de su apartamento, que en realidad constaba únicamente de una habitación con una pequeña cocineta y un baño aislado por una cortina plástica. Los tubos de neón blanco tardaron un buen rato en encenderse. Miguel sacó de un pequeño gabinete en la pared una botella plástica en la que se leía “Substitutos Sintéticos: Aguardiente”. Se sentó en calzoncillos y franela frente al televisor y se sirvió un vaso hasta el borde.

Descargó el programa correspondiente a las noticias del día y dio un gran sorbo a su bebida. Según la presentadora, la tormenta se acercaba cada vez más, en una o máximo dos semanas estaría ya allí. A todos aquellos que no habían logrado entrar en estado de hibernación se les vaticinaba un máximo de 5 meses de vida a causa de los extremos cambios de temperatura. Esta era la razón por la que Miguel había ido al Viejo Bogotá, buscando dinero para costearse un cubículo en algún centro de hibernación. Sin embargo, la metrópolis se encontraba ya desierta y no había tenido suerte.

Tendría que resignarse a morir junto a miles que tampoco habían conseguido el dinero. Encerrados en sus cuartos, saliendo ocasionalmente a la superficie en busca de algo que comer y esperando a que el frío, o el calor, los matara eventualmente. Pero él no se sentaría a esperar.
¿ Cuál era la diferencia entre morir hoy o en cinco meses? Nunca llegaría a tener más de 30. No había una sola razón para seguir viviendo.

En ese momento el timbré sonó. Era Ana, una joven que vivía en el mismo complejo, dos pisos más abajo. No se conocían muy bien, habían hablado solo un par de veces. No era muy linda, pero había algo en ella que le atraía. Era claro que ella tampoco había logrado hibernar.
- Hola.
- Qué hay.
- ¿ Puedo pasar?
- Claro.
Tal vez si había una razón.


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