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Revista INTERACCION
No. 25

| Indice: Revista No. 25 |

LA CULTURA DE LA VIOLENCIA


Por: Beatriz Eugenia León

Es muy difícil hablar de la situación del país sin caer en extremos, que pueden ser de derecha o de izquierda, pesimistas, del nada vale y esto es una m..... o conciliadores, sin ninguna actitud crítica. Y en el terreno de la violencia, todo el mundo tiene una opinión polarizada y nunca, o muy rara vez, se considera que hayamos desarrollado cultura violenta.

Quiero ilustrar este ensayo con ejemplos de la cotidianidad, pues la mayoría de las veces lo que tenemos más cerca es lo que menos vemos. El colombiano es violento, como lo puede ser cualquier otro ciudadano de otra nación, pero existe una diferencia entre el primero y los otros. El colombiano pasa a la acción. Me explico: si en un insulto se le dice al otro "váyase al diablo", el colombiano literalmente lo manda al diablo dándole un puño. No es suficiente el insulto, la descarga de una tensión con las palabras. Para el colombiano es irresistible la necesidad de volver lo dicho una realidad.

Es común que en muchos momentos de un día ordinario nos asalte el deseo de que fulanito desaparezca, de que ojalá le pasara algo grave y ¡qué alivio sería no volverlo a ver jamás! Podemos pensar eso, y si ese sujeto nos da el lado, podemos decirle algo verdaderamente agrio y ofensivo. Éste no es el problema, la corriente de hostilidad está allí, como lo está la del afecto y la empatía.

Si partimos de lo anterior, sin estigmatizar los "malos pensamientos" que nos acompañan, se podría decir que en Colombia se está perdiendo el humor y la capacidad de imaginar, y el lenguaje cada vez tiene menos potencia significativa. El colombiano ejecuta lo que debía quedar en un deseo, un pensamiento o una palabra.

El lenguaje es fundamental para zanjar diferencias, para llegar a acuerdos y, también, para expresar la animadversión. Permite poner en palabras sentimientos que necesitan expresarse, pero ni por desear que alguien se caiga y se quiebre los huesos se le va a poner la Zancadilla. Es en este momento en que el lenguaje aparece con la palabra justa, una zancadilla mental.

La situación descrita, que refleja una precaria imaginación, se puede ver en todas las capas de la población, en los diferentes estratos económicos y niveles de educación. Son generalizados la hostilidad real y el deseo concreto de eliminar al otro.

En todos los países hay violencia al interior de la sociedad. Existe una molestia frete a ese EXTRAÑO inmiscuido en los asuntos personales, bien sea el que atiende en el supermercado, el que estacionó el carro junto al mío, el vecino que hace bulla, el conductor que viola un semáforo... pero en las otras sociedades hay mayores barreras que impiden que se llegue a la agresión física.

Hay otro elemento de análisis que quiero abordar. En Colombia no necesariamente debe suceder algo. La gente vive con rabia. Las caras no son amables. Un individuo ante el volante es un cúmulo de frustraciones y malestares. El empleado bancario, el oficinista, el chofer de bus... son los rostros de la intolerancia. La cultura violenta inunda las calles de las ciudades y la explosión de la agresividad se da en cualquier pequeño roce.

Si se le presta atención a las letras de las canciones de los enamorados despechados, uno se queda atónito ante la carga de odio que expresan y la forma como un amante herido amenaza a su enamorado o enamorada por una "traición". Se ofrecen verdaderos suplicios y se ejecutan verdaderas carnicerías. Estas letras son de una violencia profunda.

Y si se analiza la forma en que se ejecutan los asesinatos de los llamados "ajustes de cuentas", se observa que no es suficiente con matar al sujeto, sino que hay que torturarlo y satisfacer esa necesidad de vengarse, que no se sacia sólo con la muerte. Todos conocemos, además, la brutalidad y la sevicia que caracterizó la "época de violencia".

Me llama la atención que un país tan violento como Colombia sea tan religioso. La religión es cerrada y se mueve en dos terrenos : Los creyentes y los impíos, que se deben convertir para que todos sean iguales. Es posible que esto incida en la cultura violenta de los compatriotas. Que esa imposibilidad de aceptar que alguien no crea en un Dios esté alimentando la base del rechazo al que es distinto y la necesidad de "borrarlo" de la faz de la tierra, que se asimilaría a la conversión.

Quiero hacer una diferenciación de la violencia cuando es producto de una circunstancia particular. Me refiero a aquella que se crea en las capas de la población desconocidas y abandonadas por el Estado. Para ellas, el resentimiento es una manera de protegerse y de tener un lugar. Considero que hace parte de la cultura violenta la política de los dirigentes que desprecian a la población marginal y permiten que vivan en condiciones lamentables.

Si se quiere cambiar el rostro del país hay que crear una cultura del humor y de la imaginación. No vamos a cambiar la situación de violencia porque nos volvamos "tolerantes" , eso es un sueño poco deseable. Tenemos que partir de reconocer la gran dificultad que representa la convivencia en las ciudades y en los pueblos. No se puede pretender eliminar la rabia.

Pero si se pasa al terreno de lo lúdico, del arte como expresión de la imaginación y la posibilidad de expresar otras cosas, se podría generar un cambio.

 


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