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Revista INTERACCIÓN
No. 26

| Indice: Revista No. 26 |

Cultura y globalización


Por: Diana Barroso Niño

Entendemos por cultura, el conjunto de rasgos intelectuales, espirituales, afectivos que distinguen a un pueblo, así como los modos de vida, invenciones, valores, tradiciones y creencias que los particularizan de los demás.

La cultura no escapa al proceso de la globalización que se adelanta en el planeta. Por lo tanto, las naciones deben desarrollar políticas culturales acordes con las nuevas transformaciones, con el fin de impedir ser en su totalidad absorbidas o marginadas por los Estados económicamente más fuertes, quienes poseen la infraestructura necesaria para condicionar las preferencias del consumidor e imponer sus productos culturales.

Un buen ejemplo para entender la globalización, lo encontramos en la expansión masiva que han vivido las telecomunicaciones en los últimos años, donde el proceso de unificación y/o articulación de empresas productivas, sistemas financieros, regímenes de información y entretenimiento, ha sido contundente. El problema de este sistema integrador se presenta cuando, al producir para todos las mismas noticias y parecidos entretenimientos, se crea por todas partes la convicción de que ningún país puede existir con reglas diferentes a las que organiza el sistema - mundo.

Convertida en ideología, en pensamiento único, la globalización implica la imposición de la unificación de los mercados, y los Estados pobres se ven obligados a entender cualquier pretensión estética propia, cualquier reconocimiento de diferencias que no sean las que existen entre clientes según la determinación de los países hegemónicos -, como disidencias que no pueden entrar en la organización mercantil y aunque la globalización se entienda como la interacción de todos los países, de todas las empresas y de todos los consumidores, es un proceso segmentado y desigual, porque si bien, por una parte unifica e interconecta, por la otra excluye y dispersa.

Lawrence Grossberg, expresa que esta unificación mundial de los mercados, tanto materiales como culturales, es una máquina estratificante, que actúa no tanto para borrar la diferencias sino para reordenarlas con el fin de producir nuevas fronteras, menos ligadas a los territorios que a la distribución desigual de los bienes en los mercados, lo cual aclara un poco, el apelativo de segregador que hemos atribuido al llamado “proceso globalizador”.

Los países latinoamericanos, aunque no están actualizados en tecnología para la industria editorial, audiovisual y en las innovaciones en el campo de la informáticas, forman junto con los espectadores españoles y los treinta millones de hispanoparlantes en Estados Unidos, uno de los universos idiomáticos más amplio y con mayor capacidad de consumo de industrias culturales en el mundo.
La preferencia de los latinoamericanos por productos musicales, periodísticos y televisivos propios, ha favorecido la producción interna de estos mensajes y la proliferación de profesionales especialistas en artes e industrias culturales, a través de la creación de nuevas escuelas de cine, periodismo y comunicación.

La unidad lingüística de los países latinoamericanos, es una de sus principales fortalezas para enfrentar mejor y ganar una buena posición en los mercados globales. Lamentablemente los Estados involucrados en este desarrollo, muestran escaso interés.

En aprovechar esta oportunidad, y en las reuniones donde se tratan las políticas culturales, se habla de todo menos de las industrias de símbolos. La negligencia para abordar este punto de la economía, se explica porque “gobernar se ha reducido ha administrar un modelo económico impuesto, que asume lo global como la subordinación de las periferias a un mercado omnipotente”.

Los Estados subordinados, deben trabajar conjuntamente para defender, fortalecer y proyectar su identidad y patrimonio cultural, con miras a lograr una mejor participación en esta competencia desleal.

El Estado es responsable de los destinos que sus producciones culturales afronten, sin embargo, la existencia de un destino presupone la presencia de un sujeto que lo viva. Por lo tanto, las naciones son responsables de crear las condiciones necesarias para la difusión de su cultura, así como también de construir un ambiente y unos espacios pedagógicos propicios para que estas manifestaciones florezcan.

Los bienes culturales, no pueden desaparecer en la uniformidad que pretende olvidar y esfumar lo distinto, no pueden reducirse a mercancías de masas. Los países latinoamericanos, también deben integrarse y promover intercambios culturales que fortalezcan su arraigo y soberanía cultural.


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