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Revista INTERACCIÓN
No. 26

| Indice: Revista No. 26 |

Evangelizar las culturas sin reproducir el sistema


Por: Alberto Parra S.J. *

Pertinencia e independencia cultural

Desde el momento en que la naciente Iglesia llegó a la conciencia del mandato evangelizador universal del Señor Resucitado de anunciar el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15), de ir a las gentes de todas las naciones para hacer de ellas discípulos suyos (Mc 28,19), de ser sus testigos hasta los confines de la tierra (Hech 1,8), también adquirió conciencia del deber misionero y de la necesidad de proclamar las maravillas del Señor (hrgeia tou Qeou) en todos los lenguajes conocidos. Esa imborrable conciencia eclesial es la que se significa en el relato fundante de Pentecostés (Hech 2, 8-12).

Solo que hablar la diversidad de lenguajes con miras a la evangelización de los pueblos no se resuelve en términos de idioma ni de glosolalia carismática. Es tomar en cuenta que el anuncio de la buena nueva del Reino debe hacerse a personas y comunidades de lugares y de tiempos concretos, de mentalidades determinadas, de usos y costumbres muy diversificados, de experiencias humanas y religiosas muy variadas, en horizontes de comprensión tan ricos como las tradiciones culturales y las cosmovisiones de las diversas familias étnicas. El relato de Pentecostés se detiene a proporcionar el catálogo de las principales familias culturales que para entonces conformaban la llamada oikoumenh.

En efecto, el diálogo jamás interrumpido de Dios con toda la humanidad es el que ha devenido categorial en la Palabra que se hizo carne. Y la Palabra que sea tal, no tiene destinatarios universales ni abstractos sino hombres y mujeres ahí, en sus propias condiciones y circunstancias de vida. Por eso el lenguaje en el que se proclama la buena nueva del Reino no es solo el idioma, sino la suma de las categorías antropológicas, sociales, culturales, ambientales propias de las personas a quienes está dirigida la Palabra interpelante. Más aún, son las mismas categorías y tradiciones antropológicas, los sistemas sociales y las vivencias culturales de los pueblos las que el Evangelio aspira a tocar, purificar y transformar. Ello indica que la recepción real de las culturas en el proceso de evangelización es la que puede llamarse con verdad inculturación, que no sea un anunciar externo, acaso efímero y pasajero.

Nace de ahí el genuino dia-logos entre Evangelio y culturas y civilizaciones de los pueblos. Diálogo tendiente a la puesta en situación del Evangelio en una cultura dada, de donde resulte la evangelización en todo el ámbito en que el hombre es hombre y la mujer es tal, vale decir, historia y tradición, civilización y cultura, técnica y política, sistemas sociales y económicos, usos y costumbres, cosmovisiones y filosofías, lenguaje y folclor: “Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o a poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad”

En contraste con esta lúcida conciencia, quizás el obstáculo mayor que ha encontrado la evangelización es el estrechamiento indebido de la dimensión universal del Evangelio, destinado a todas las personas de todas las culturas y de todos los tiempos. Tal estrechamiento conduce a hipotecar el Evangelio a unos determinados grupos humanos y a unas determinadas culturas, produciéndose entonces no sólo una parálisis evangelizadora, sino una censurable identificación del Evangelio del Reino con los principios dados, los valores en uso y los sistemas de vida y de representación de una sola cultura determinada.

No ha sido fácil para los evangelizadores superar los callejones sin salida a que conducen, tanto la transculturación opresora, como la aculturación ingenua. La primera traslada de modo hegemónico las determinaciones de valor y de uso de una cultura a otra, con lo que la evangelización llega a ser medio invasor de las culturas de unos pueblos a otros, tratándose por lo general de la colonización cultural de los pueblos fuertes por sobre los débiles y de los antiguos por sobre los jóvenes. La segunda genera un empleo acomodaticio, periférico y externo de ciertos elementos culturales de un pueblo con respecto al Evangelio, llegándose a simple agregación o yuxtaposición de partes, elemental acomodación o mínima adaptación, pura traducción o utilización periférica de elementos culturales, mezcla profusa y muchas veces confusa e indigesta.

El principio complejo de destinación del Evangelio a todo pueblo, civilización y cultura y de independencia del Evangelio respecto a ellos es regla de oro en términos teóricos que, por desgracia, no han sido operativos en términos prácticos. Porque, en efecto, superado en el Concilio de Jerusalén el litigio cultural de Pablo con Pedro y asentado el principio glorioso de la independencia del Evangelio respecto a la misma matriz cultural del Evangelio (Hech 15, 1-35), en la práctica se ha evangelizado como si nadie pudiera ser cristiano sin ser culturalmente judío. Más tarde llegará a pensarse que nadie puede ser cristiano sin ser culturalmente europeo; que nadie puede ser cristiano sin determinarse por la cultura occidental; que nadie puede ser cristiano sin asumir el comportamiento teórico y práctico que impone una cultura dominante. Hay que mantener viva la memoria de los imperialismos culturales que acompañaron la evangelización de América y de Africa y la legítima refracción de Asia, no tanto al Evangelio, sino a su sobredeterminación cultural occidental y europea.

En este último contexto, la evangelización y el accionar de la Iglesia han merecido el reproche amargo de haber sido o de ser agentes de penetración cultural y de avasallamiento injusto y opresor de las culturas de los pueblos en nombre del Evangelio y heraldos, entonces, no de la buena nueva de salvación liberadora, sino propagadores de las estructuras culturales y sociales de amos despóticos y de avasalladores metropolitanos. La imagen abochornada de un papa que ofrece disculpas a los pueblos americanos, eslavos, croatas, árabes y griegos debe ser punto de partida para enderezar y corregir. En cambio, quién esperara que en pleno alborear de siglo y de milenio, en pleno declinar de la modernidad, en el tardo ocaso de las metafísicas de Occidente, en el sintomático erosionarse de las culturas de la razón pura, la misma Iglesia acuda con bríos inesperados a apuntalar una cultura en decadencia, como si la razón occidental, su objetivismo cognitivo y moral, su filosófico formular, su “orden” cultural fueran parte indisoluble o elemento imprescindible de la buena nueva del Reino


Sobredeterminación cultural del Evangelio

Una determinación cultural del Evangelio es nota consustancial al mismo y a la encarnación de la Palabra de Dios en la historia, dado que “lo que no es asumido no es redimido”, como dijeron los Padres. La carne (sarx) de Dios en la historia es el asumir por su parte toda la realidad en la que el hombre es hombre, es decir, todos sus determinantes naturales, culturales y sociales: esa y no otra es la cabida real de la inaudita formulación joanea “el Verbo se hizo carne”.

En cambio, una formalización definitiva y una perennización del entorno cultural en que el Verbo devino carne fue la que pretendieron quienes identificaron a Cristo y su mensaje con los determinantes mismos de la cultura judía, produciéndose entonces una primera sobredeterminación del Evangelio en términos de cultura judía. El mismo Evangelio retrata a estos agentes transculturales con el mote de “judaizantes”, para quienes se trataba de perennizar para exportar a lomo de Evangelio los usos y valores de la cultura judía a todo particular o colectivo étnico que se evangelizara.

Pablo, el Apóstol de las naciones gentiles, no sólo fue quien penetró la hondura, largura y profundidad del misterio soteriológico de Cristo Señor, sino quien luchó por el primado de toda conciencia frente a la ley mosaica; por la libertad del bautismo frente a la pertenencia étnica operada por la circuncisión; por la precariedad del templo y sus rituales frente a la ofrenda de la fe; por la sustitución del código ritual (sacrificios y libaciones, alimentos puros, ayunos y diezmos) por el amor y la justicia; por la superación de las genealogías y prosapias ante la vocación universal de todas las naciones; por la abolición del primado cultural de Israel frente a la cultura de los pueblos helénicos; por el acabarse de la discriminación sexual y social entre hombres y mujeres, entre esclavos y libres.

Y sin embargo, la primera sobredeterminación cultural del Evangelio galopa todavía en la Iglesia veinte siglos después en formas endurecidas de estructura patriarcal, de exclusión de la mujer, de cosmovisiones naturistas precientíficas, de historización de los lenguajes mitológicos, de ética de los diez mandamientos, de sacerdotalizaciones y laicizaciones, de contraposiciones entre sacro y profano, de ayunos y abstinencias, de diezmos y ritos, de grave sobrecarga del Antiguo Testamento para irrisión del Nuevo.

Es, además, bien conocido ese otro impacto cultural del Evangelio, por cuenta esta vez de las culturas helénicas. Jamás será censurable que el Evangelio y el cristianismo se hayan hecho griegos con los griegos. Lastre es, en cambio, la sobredeterminación cultural helénica que arrastra por siglos el mensaje evangélico por cuenta de la filosofía de la idea, primero, y de la filosofía del ser, después, que son como el baluarte y la síntesis de las culturas helénicas y griegas que gestaron a Occidente.

En semejante contexto Dios devino explicación del movimiento del no ser al ser, o acto puro de ser, o idea subsistente, o garante legal, o soporte social. Jesús de Nazaret fue convertido en substrato lejano de una metafísica esencialista y de unas tesis arregladas sobre la encarnación del Verbo. El hombre terminó en un compuesto definido por la supremacía de su alma inmortal, cuando no por su materialidad o por su ser para la muerte o por su absurdo. El mundo corpóreo fue cárcel provisoria de espíritus encarcelados. El conocer fue una representación mental del objeto mediante procesos acumulativos y normativos que se preceptúan casi que con el rigor de una matemática. El destino último de la criatura racional se propuso como visión intelectual beatífica de la divinidad. El placer fue un peligro. La cruz, un destino inexorable. El sacramento, una composición hilemórfica. La sociedad y la Iglesia, sistemas de cultivo de unas relaciones asimétricas y jerarquizadas. La fuente de bondad o maldad moral, una ley natural fija y estática. Las diferencias y particularidades, una totalización aséptica y universal apuntalada en la distinción entre esencias necesarias y existencias contingentes.

A nadie se oculta, además, el choque cultural tan profundo que la sobrederminación occidental y europea del Evangelio produjo en los pueblos descubiertos o invadidos de América. Jamás será censurable, sino timbre de gloria, la evangelización de nuestros pueblos, en tanto que la más desprevenida conciencia dirá que el Evangelio del Reino fue agente de penetración cultural de la Europa que nos conquistó y del Occidente que nos sometió. Sus puntales fueron el capitalismo incipiente, la unificación política bajo el pacto de Castilla y de Aragón, el catolicismo como aglutinante político y cultural al servicio del Estado, la cristiandad que borra diferencias entre el ser miembro de la Iglesia y ciudadano del Imperio, la contrarreforma no dialogante sino intolerante, la hegemonía de la cultura del colonizador y del evangelizador, la conversión como proceso de occidentalización y de europeización, la valoración de lo nuevo en cuanto reedición de lo viejo: Nueva España, Nueva Pamplona, Nueva Granada, en una bien conocida dinámica por la que lo otro viene a ser lo mismo.

Por fin, el Evangelio divino de Jesús se debate hoy, por cuenta de sus anunciadores, entre la sobredeterminación de la adveniente cultura mercantilizada y globalizada y los descomunales empeños por resistirla porque van de por medio la vida y los intereses sociales y culturales de los pobres y de los pequeños. Nuevas teologías de derecha, antípoda de las teologías liberadoras, enlazan el Evangelio y el cristianismo con la tarda modernidad capitalista, cuyos ingredientes de neoliberalismo ideológico, de neocapitalismo económico y de nueva derecha política pretenden constituirse en matriz social y cultural de todos los pueblos, religiones, razas y culturas en la síntesis englobante y universal del mercado. Tal síntesis escatológica nos cobijará para desventura de todos como demandantes y oferentes, productores y consumidores, ahorristas e inversionistas, patrones y trabajadores: toda la humanidad pretende ser unificada en la aldea global, en el mercado global, en la cultura global, en el estado universal y homogéneo, en el triunfo definitivo de la idea liberal, con que se llegue al final de la historia y al último hombre.

Demasiado sombrío fuera el panorama cultural de los pueblos y las nuevas gestas del Evangelio del Reino, si al comienzo del siglo y del milenio no se abrieran los horizontes de la cultura popular emergente de los pobres, así como los lineamientos críticos y lúcidos de la llamada cultura de la postmodernidad.

Quizás aprendiendo de su propia larga historia de inculturación genuina, pero también de sus errores de ingenua aculturación y, sobre todo, de perniciosa trasculturación la Iglesia como organismo viviente de evangelización sea más lúcida hacia adelante para evangelizar las culturas sin reproducir el sistema.


* Doctor en Teología. Eclesiólogo. Docente Universidad Javeriana.


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