Argentina: La oportunidad
del aprendizaje
Por: Zulma Barada*
La
década de los noventa, significó para la Argentina un período
de cambios que la conducirían a la crisis que vive actualmente. Con un
sentido de la rapidez que siempre le fue ajeno, intentó implementar puntillosamente
los postulados del llamado consenso de Washington.
Este consistía en
un conjunto de reglas, mediante las cuales se establecía un ámbito
de transparencia económica.
Algunos temas sobre los
que se acordaron fueron:
1. disciplina presupuestaria,
2. cambios en la asignación del
gasto público,
3. reforma fiscal,
4. liberalización de los flujos financieros y las tasas de interés,
5. hallar y mantener un tipo de cambio competitivo,
6. liberalizar el comercio,
7. apertura a la entrada de IED (inversiones extranjeras directas),
8. privatizaciones,
9. desregulaciones,
10. garantía de los derechos de propiedad.
La mayoría de los
postulados estaban dirigidos a crear un nuevo marco o paradigma económico,
en donde la iniciativa no dependía de la economía sino de la política.
Una vez resuelto el tema de quien sería el que le diera aval político,
se pondría inmediatamente manos a la obra, y la ejecución sería
economicista.
En la Argentina, el presidente
Menem, que gobernó durante toda la década de los noventa, proveyó
las condiciones para llevar a cabo las reglas del consenso en el menor tiempo
posible.
A partir de allí,
la Argentina vivió una ficción, cuyo corolario más ridículo
fue la afirmación de pertenencia al primer mundo. No por su infraestructura,
eficiencia, respeto por las leyes, poderes independientes que distaban de esa
afirmación, sino porque se implementaban instrumentos que se suponía
también los implementaba en su totalidad el primer mundo.
La supremacía de
la economía sobre lo socio-político, fue el signo distintivo y en
cierto modo justificado por la desvalorización de los políticos,
a pesar de haber necesitado de lo político para hacerse realidad.
El presidente Menem asume
en una Argentina abrumada por la hiperinflación, hasta que en 1991, se
decide frenarla mediante un shock de política monetaria, llamada la Convertibilidad.
El
ministro de economía Cavallo, sería el artífice de este plan,
pero además sería uno de los personajes más relevantes de
los noventa, con la anuencia de algunos organismos internacionales, que como co-partícipes
(a menudo equivocándose en los planes y monitoreos), contribuyeron a esta
crisis actual La Convertibilidad, tomada de la historia económica, puntualmente
del período del patrón oro, consistió en anclar el peso nacional
al dólar norteamericano, con una paridad de 1 peso a 1 dólar. Esto,
independiente de la productividad de las economías que representaban cada
una de las monedas.
Se cumplía así
con uno de los postulados del consenso de Washington: buscar un tipo de cambio
adecuado, pero faltaba y faltaría luego que fuera competitivo.
Esto creó en la sociedad
argentina, la tranquilidad que generaba el alejamiento de la inflación
cuyo costo lo pagó el gobierno del presidente Alfonsín, que se retiró
antes de cumplir su mandato y al cual sucedió Menem.
Comienza de esa manera un
proceso de bimetalismo, compuesto por una moneda fuerte, y una moneda débil
que sumaba también la desconfianza en las autoridades y en el sistema institucional
en general.
Naturalmente la gente comenzó
a tener una cultura del dólar mucho más acentuada (ya existía
previamente) aunque la economía comienza a tener problemas a partir de
la crisis de México.
Un tipo de cambio no competitivo,
con costos de producción altísimos fueron algunas de las causas
que llevaron al cierre de las industrias o el traslado de las mismas a Brasil,
con lo cual comenzó un período recesivo (que dura hasta este momento),
con un incremento cada vez más agudo de los índices de desocupación.
Sin haber realizado un ajuste
fiscal allí donde se debía, no pudiendo crecer cuando todo el mundo
lo hacía, la economía argentina resolvía sus déficit
por el lado del endeudamiento externo, que cada vez pesaba más sobre un
Producto Bruto Interno que a su vez descendía.
El resultado es el que actualmente
se tiene, una sociedad disconforme, disgregada, con una actitud monetarista, y
con una pérdida cada vez más rápida del valor sobre la que
está basada cualquier sociedad: el trabajo.
Algunos pueden responder
que no se puede darle valor a algo que no se tiene como el trabajo, pero se debe
recrear la confianza en que es posible recuperarlo.
En medio de la crisis afloró
el sentido de solidaridad que debe existir siempre, haya o no crisis. Pero, no
puede una sociedad retrotraerse al siglo XVIII, y basar la subsistencia de millones
de seres en un plato de comida diaria ofrecido por los que más tienen o
pueden, a través de organizaciones que irrumpieron en la sociedad argentina
dedicadas a este fin.
La dignidad la da Dios y
nadie nos la quita. Es posible que disminuya pero no desaparece, y la forma de
recuperación plena de la misma es a través del trabajo. En la medida
que subsistan estas condiciones de dádiva permanente, la sociedad irá
mutando hacia niveles cada vez más bajos, que ayudan a que afloren aquellos
aspectos humanos más pobres en valores.
El marco político
y económico desarrollado brevemente al principio de este artículo,
nos hace meditar sobre los dogmas extremos basados en la fría lógica
de la eficiencia material.
Nada es permanente sino
contiene al espíritu que puede darle sentido real al incorporar lo humano
como objeto de la lógica material.
Cuando nos referimos a lo
humano, lo hacemos a la totalidad, porque ningún plan es bueno si deja
algo de lo humano fuera. A largo plazo, ello hará que queden humanos fuera
de esa lógica.
La Argentina sufre de muchas
cosas, pero hay una que es relevante: que debe aprender a mirar el mundo que la
rodea, y ver que su problema es solucionable (más de lo que supone).
El primer paso es recuperar
la salud moral, y saber convivir en una crisis sin pensar que con ella mañana
se termina el país.
La
ignorancia de quienes detentan cualquier tipo de poder, o un semi-analfabetismo
peligroso pero, rentado, desmoralizan cualquier sociedad y le hacen creer que
es peor de lo que es realmente.
La madurez llega muchas
veces de la mano del sufrimiento. Para orientar el sufrimiento hacia una salida
positiva, es necesario repensarse como individuo y como sociedad, aún en
aquellos detalles que parecen irrelevantes.
Argentina tiene una oportunidad
de aprender de aquello que le ha hecho daño, y en un acto de solidaridad
frente al dolor de tantas naciones en el mundo, evitar las quejas y los patetismos
extremos, en un silencio que le de la capacidad de reflexión para situarse
en el lugar que le corresponde como nación, sin privilegios auto-concedidos.
Salir a la calle a reclamar,
pero no sólo por el dinero, hubiese sido un comienzo saludable. No obstante,
el impulso fue ese, con lo cual no pierde validez el reclamo, pero existían
previamente hechos que justificaban una protesta de ese nivel.
La sociedad se había
sensibilizado de una manera errada. En la década de los noventa la cultura
del dólar modificó las actitudes. Cuando el tipo de cambio se transforma
en fluctuante, emerge la verdad pero la mayoría quiere permanecer en la
ficción porque se siente más cómodo aunque no sea lo mejor
ni la verdad.
Debemos aprender a que todo
varía en la economía, y la contradicción del liberalismo
implementado en la Argentina fue que se liberaba aquello que nos venía
bien a nuestros intereses, no importando si era una mentira y dañaba a
un sinnúmero de personas.
La
sensación es que pesificar y hacer que además, la gente piense en
la moneda nacional es imposible. No hay forma de trasladar el pensamiento desde
una moneda fuerte (el dólar) a una moneda débil (el peso). El daño
está hecho, y hay que obrar en aquello que se puede para luego ir tratando
de cambiar aquello más dificultoso.
Por ello recuperar el sentido
del trabajo (sólo es válido aquello derivado de la economía
real y acompañado en un saludable porcentaje por la economía nominal)
es la primera medida que hay que tomar, y es una medida moral, no gubernamental.
La sociedad se siente víctima
pero, es victimaria también, porque con sus actitudes post-modernistas
y relativistas ha llevado a que algunos valores no sean considerados. Y precisamente
aquellos valores que son el sostén social: la verdad, la justicia, la confianza
mutua, la honestidad sin ostentarla, la prudencia, y una búsqueda permanente
del bien común en todos los actos.
La estética de la
trasgresión por sí misma, sin construcción, es la dominante.
Tiene algo de infantil, de llamar la atención mediante lo destructivo,
porque no logra discernir lo bueno que pueda tener lo que se está destruyendo.
Una suerte de nihilismo que algún porcentaje de la
sociedad argentina recrea
con el fin de la nada.
Argentina es como todas
las naciones del mundo, se compone de una metrópoli avanzada y el resto.
Pero, debemos entender que no siempre llamarse avanzada es tener razón,
como tampoco quedarse en tradiciones que impiden el desarrollo es lo saludable.
Pensar en conjunto, es el medio para lograr el objetivo de vivir todos mejor.
¿Cómo puede alguien
cerrarse en su felicidad cuando del otro lado del muro hay tanto dolor?. ¿O es
que sólo somos poderosos de esa manera?.
La porosidad entre las clases
sociales fue un signo distintivo de la Argentina, y se está perdiendo porque
hay que hacer el esfuerzo para diferenciarse de otros, cuando no hacer ningún
esfuerzo en ese sentido nos diferencia, porque nos hace más cercanos a
un concepto más pleno de ser humanos.
La imitación de costumbres
no es negativo si lo que se imita es el bien, pero imitar por parecerse en un
cierto nivel económico de vida es de ignorantes. La Argentina imitó
aquello de la superficie (gastar como el primer mundo) pero sin que tuviera una
base firme de sustentación (lo hacía a través del endeudamiento),
al cabo del tiempo se hundió (declaración de cesación de
pagos), y hoy busca soluciones fuera cuando la realidad es ignorada (conciente
o no) por muchos sectores que tienen en sus manos parte de la solución.
En lo que concierne a la
corresponsabilidad de algunos organismos internacionales de crédito, no
hay demasiado para agregar. Existen y actúan de una manera, si fracasan
no se sienten culpables y además aconsejan nuevamente cuando no se ponen
en el papel de maestros severos. También ellos necesitan salir de su crisis
que no es económica sino moral. Los empleados de estos organismos independientemente
de sus cargos son personas finitas de naciones diversas que a menudo ignoran lo
sustancial: que cualquier exigencia cae sobre los más débiles porque
dejaron hacer a los más fuertes, que siempre les obedecen.
Mirar al mundo desde un
edificio de cristal suponiendo que somos infalibles e intocables, determinar que
riesgo se le asigna y con ello traer consecuencias que no nos alteran porque no
somos los que las sufrimos es propio de individuos limitados. Viven en este mundo,
y exponen al peligro a gente inocente y a sí mismos, porque generan reacciones
violentas que comienzan y pueden derivar
en tragedia.
En lo que concierne a la
Argentina, ya no es posible escribir un artículo sólo económico.
Creemos que al respecto se ha dicho todo, desde cada ángulo del pensamiento
económico. Pero por ello no tenemos la respuesta totalizadora, sino una
parte. Por lo tanto, se necesita combinar otros aspectos que reviertan la situación.
Un aspecto es el ahorro
en el lenguaje: decir mucho en poco tiempo, y evitar la carrera de opiniones para
ver cual tiene la supremacía.
Otro es pensar que hubo
países arrasados y los sigue habiendo, que sobreviven y se recuperan con
el tiempo, con base en el amor de sus ciudadanos.
El que haya una nación
más fuerte que el resto no implica la obediencia servil, sino una defensa
firme de los intereses allí donde es posible y donde nos asiste la verdad.
Una nueva forma para negociar,
es otro de los parámetros necesarios para salir de la crisis. Siempre habrá
quienes prefieran ceder sin más, pero es parte de la realidad a la que
debemos estar atentos para que el país salga de este laberinto. La salida
es dolorosa, pero la resistencia al dolor es la esperanza que nos da la salida.
E-mail: holzwegezb@hotmail.com
* Docente Universitaria
- Buenos Aires - Argentina
Tesis doctoral: "La economía de la confianza, contratos y revalorización
de factores productivos".
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