Pobreza, riqueza,
crisis y corrupción
Por: Joaquín Montes
Rodríguez*
Creo que Ud, amable lector,
estaría de acuerdo conmigo en que:
- Al colocar bombas en el oleoducto Caño
Limón - Coveñas la guerrilla ha provocado un enorme desperdicio
de petróleo derramado.
- Al esconder sus fortunas en sus casas y
fincas, el Mexicano y los demás narcos desperdiciaron todo ese dinero en
vez de haberlo usado en algo útil.
- La corrupción está llevando
este país al pozo y hay gran cantidad de corruptos enriqueciéndose
con lo que se han robado.
- Venezuela y Argentina se han empobrecido
por la corrupción de sus políticos.
Pues bien, la visión
que muestran las frases anteriores es falsa, en cuanto que una verdad a medias
es una mentira completa. Ni los políticos pueden robarse un país,
ni el principal desperdicio es el derrame de petróleo, ni los lingotes
de oro emparedados hicieron que nadie fuera más pobre.
Las ideas anteriores tienen
un común denominador: tienen una concepción de la riqueza parecida
a la de la energía en la física mecánica, donde la energía
no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y en economía, la
riqueza sí se crea y en particular, sí se destruye.
Veamos con cuidado el caso
de cuando los guerrilleros colocan una bomba en el oleoducto. La principal pérdida
no ocurre por los barriles derramados (al menos mientras no contemos el efecto
ecológico) sino por el hecho de que el crudo no se pudo vender. Si la riqueza
la constituyera en sí misma el petróleo, sí sería
esa la pérdida. Pero la riqueza no la constituye el petróleo en
sí mismo, sino el hecho de que estamos usando el petróleo. En la
definición de Adam Smith, la riqueza no es el acumulado de bienes, sino
el flujo anual que genera la economía, no es riqueza el acervo de bienes
producidos, sino la capacidad de producirlos.
El grueso de la pérdida
en el oleoducto se da porque durante los últimos diez años el oleoducto
ha bombeado a la mitad de su capacidad y los colombianos hemos devengado la mitad
de lo que hubiéramos podido devengar. El argumento del ELN es que el petróleo
sigue bajo tierra; y es cierto, el petróleo sigue allí. Pero, ¿de
qué nos sirve que el petróleo siga bajo tierra, si durante diez
o veinte años algún millón de niños han crecido sin
escuela y ya son hombres analfabetas? ¿Qué riqueza es esa que sigue siéndolo
mientras que los habitantes son hombres pobres?
El segundo ejemplo sobre
los narcos que entierran sus tesoros tiene la misma concepción de "riqueza".
Los lingotes enterrados no han generado muertos de hambre, ni crisis hospitalarias,
ni falta de pago a los maestros. Después de todo enterrar los ligotes de
por vida es igual que lo que hace el Banco de la República todos los días
al quemar los billetes viejos. Hubiera habido desperdicio si la casa del Mexicano
estuviera vacía, sin uso, o si las fincas no se cultivaran, etc. Pero el
dinero, guardado, simplemente fue sacado de circulación y el Banco de la
República o el gobierno habrán sabido usar a través del "señoreaje"
monetario el hecho de que la economía absorbe la cantidad de dinero que
demande el público y no más ni menos.
Entramos al tercer ejemplo.
Dirá usted, amable lector, "ahora este tipo nos va a decir que no es la
corrupción lo que está llevando este país al pozo". Pues
seguramente que sí es la corrupción lo que está llevando
este país al pozo, pero seguramente no de la manera como Ud. cree. Porque
realmente, no es el robo de la plata para construír un puente el mayor
perjuicio. El mayor daño a la sociedad se da cuando el puente, por haber
sido construído con malos materiales, se derrumba y deja sin puente a quienes
lo necesitaban para transportarse por él.
El fondo de este argumento
está muy bien ilustrado por el chiste ya clásico de porqué
habiendo por igual corrupción tanto en el sudeste asiático como
en África, los países del sudeste asiático sí se han
hecho más ricos y los del África en cambio se han hecho más
pobres. En los años sesenta Sukarno, el dictador indonesio, invita al dictator
africano Mugabe a su finca en una isla del archipiélago, lo trae desde
Zimbabwe a Indonesia en su avión privado a la enorme hacienda, lo lleva
a la mansión en un coche Maserati y lo atiende espléndidamente.
Mugabe se extraña y le pregunta "General Sukarno, cuénteme, ¿cómo
hizo para llegar a poseer tantas riquezas?" El indonesio señala al frente,
donde al otro lado del valle una enorme y congestionada autopista cruza la selva:
"Su excelencia ve esa aupista? ¡Veinte por ciento!". Diez años después
Mugabe invita a Sukarno a su finca personal, es transportado a África por
el jet privado del dictador a un aeropuerto propio de la hacienda. Carros, praderas
exclusivas para el safari del dictador, servidores, mansiones y la consabida pregunta,
ahora de Sukarno a Mugabe: "¿Su excelencia cómo hizo para llegar a poseer
tantas riquezas?" La respuesta del africano es señalar una montaña
al otro lado de la pradera, donde una espesa selva virgen cubre la totalidad del
paisaje y decir: "Ve esa autopista, General? ¡Ciento por ciento!".
Entonces, ¿a Argentina y
a Venezuela no se la robaron los políticos corruptos? Pues hombre, no,
un político no puede llevarse un país debajo del brazo. La riqueza
de un país no está en los pesos, los dólares, el oro o el
petróleo, sino en su gente, sus ideas y sus leyes, sus instituciones y
su infraestructura. Mire el caso de Alemania o Japón, que en la segunda
guerra mundial fueron destruídos hasta el subsuelo y diez o veinte años
después, eran países otra vez ricos.
Mire en cambio el caso de
Hugo Chávez, con seguridad un hombre que sinceramente piensa en luchar
contra los políticos corruptos, y que iba rumbo a instaurar un regimen
de control de cambios, que bajo el nombre de Recadi fue el mayor instrumento de
corrupción en Venezuela en la década de los ochenta.
Pero entonces, preguntará,
Ud., si los políticos no se llevaron todas las riquezas que existían,
¿dónde se hallan esas riquezas hoy? Si pudiéramos dejar de pensar
en que la riqueza simplemente cambia de mano, tal vez pudiéramos plantearnos
la horrible hipótesis de su desaparición. No existen ya más.
La riqueza se crea y se destruye, continuamente. Los objetos que gozamos los consumimos
continuamente y éste mundo terrenal está hecho para crear y consumir
bienes.
Los actos de corrupción
y de destrucción de bienes generan dos hechos perversos: uno sobre el bien
robado o destruído, y otro sobre la capacidad de la economía de
producir bienes. El mayor daño es generalmente el segundo, no el robo o
la destrucción directa. El mayor daño se encuentra en la cantidad
de recursos que el corrupto desperdició, que convirtió en basura,
pues el objetivo del corrupto no es hacer funcionar las instituciones para que
produzcan, sino sacar una tajada, a veces a costa de enormes desperdicios de recursos.
Que como no son de él, pues qué le importa que se desperdicien.
Si en Colombia la corrupción
consistiera en que el corrupto hace bien el puente y lo hace tan bien que le sobra
mucha plata y se la embolsilla, este sería un país rico. Al menos
los contratistas de obras públicas serían muy ricos. Pero no es
así. Un general Medina, exdirector de la policía acusado por aceptar
sobornos de la mafia y por enriquecimiento ilícito fué condenado
al encontrar como prueba del enriquecimiento ilícito la posesión
de una casa avaluada en unos 500 millones de pesos. A lo largo del tiempo en que
fue director de la policía continuó parado el elefante blanco de
la torre del hotel ex-Hilton, propiedad de la caja de sueldos de retiro de la
policía nacional. Un lucro cesante al año de al menos cien mil millones
de pesos, es decir, 200 casas como las del general, cada año, durante los
últimos 30 años. Si algún corrupto hubiera puesto a funcionar
el hotel y se hubiera robado esa cantidad, habría al menos algún
rico de verdad en este país. Habría producido y gastado esa plata
y habría más gente rica a costa de esa riqueza. Pero no ha sido
así, el general Medina es un hombre pobre condenado por corrupción
y es además un enorme destructor de riqueza. Porque la riqueza sí
se destruye. Los ahorros de las pensiones de los policías no existen. No
se las han robado, pues en ese caso alguien tendría esa plata y no es así.
Esos recursos fueron destruidos, aniquilados.
Algún cínico
podría sacar de acá la conclusión de que es mejor dejar robar,
pero bien. Es la conclusión cínica por antonomasia, que mirada desde
otro punto de vista, nos entrega una conclusión sorprendentemente diferente:
Si algún corrupto ladrón cae en un mundo donde es más fácil
cumplir la ley que incumplirla, pues construirá el puente bien hecho y
se hará rico construyéndolo eficientemente y cumpliendo la ley.
Pero si en cambio, esa misma persona cae en un mundo donde da igual cumplir o
no la ley, no le importará si el puente quedó bien o mal construído
con tal de ganar la misma plata, pues con o sin puente, legal o ilegalmente, recibirá
el dinero del contrato.
Obsérvese que la
diferencia no está en la actividad del empresario corrupto, sino en el
premio social y legal a hacer las cosas bien, y el castigo social y legal para
hacer las cosas mal. Si estas ideas existen en el tejido social, el mismo país
funcionará diferentemente.
Así que una parte
del problema está en nosotros mismos, en todos los que creemos que los
culpables de nuestra pobreza son unos políticos corrupt0os, en todos los
que seguimos buscando ladrones donde sólo hay estúpidos. No somos
los únicos que nos dedicamos a buscar ladrones, es cierto, pero es posible
que, al igual que en Venezuela, Ecuador o Argentina, no encontremos nunca a los
ladrones junto con la "riqueza que nos han robado". Si analizamos bien, seguramente
encontraremos que el problema está en que no hemos producido esa riqueza
y en cambio, hemos hecho todo lo posible para no producirla.
Dejemos de buscar culpas
y comencemos a buscar soluciones.
E-mail: jjmontes@andinet.com
* Economista Universidad de
los Andes - Funcionario Ministerio Comercio Exterior - Colombia
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