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INTERACCIÓN No. 29

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Revista INTERACCION No. 29

ECONOMÍA Y CONVIVENCIA SOCIAL

::: ECONOMÍA Y CONVIVENCIA SOCIAL :::

Pobreza, riqueza, crisis y corrupción

Por: Joaquín Montes Rodríguez*

Creo que Ud, amable lector, estaría de acuerdo conmigo en que:

  • Al colocar bombas en el oleoducto Caño Limón - Coveñas la guerrilla ha provocado un enorme desperdicio de petróleo derramado.
  • Al esconder sus fortunas en sus casas y fincas, el Mexicano y los demás narcos desperdiciaron todo ese dinero en vez de haberlo usado en algo útil.
  • La corrupción está llevando este país al pozo y hay gran cantidad de corruptos enriqueciéndose con lo que se han robado.
  • Venezuela y Argentina se han empobrecido por la corrupción de sus políticos.

Pues bien, la visión que muestran las frases anteriores es falsa, en cuanto que una verdad a medias es una mentira completa. Ni los políticos pueden robarse un país, ni el principal desperdicio es el derrame de petróleo, ni los lingotes de oro emparedados hicieron que nadie fuera más pobre.

Las ideas anteriores tienen un común denominador: tienen una concepción de la riqueza parecida a la de la energía en la física mecánica, donde la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y en economía, la riqueza sí se crea y en particular, sí se destruye.

Veamos con cuidado el caso de cuando los guerrilleros colocan una bomba en el oleoducto. La principal pérdida no ocurre por los barriles derramados (al menos mientras no contemos el efecto ecológico) sino por el hecho de que el crudo no se pudo vender. Si la riqueza la constituyera en sí misma el petróleo, sí sería esa la pérdida. Pero la riqueza no la constituye el petróleo en sí mismo, sino el hecho de que estamos usando el petróleo. En la definición de Adam Smith, la riqueza no es el acumulado de bienes, sino el flujo anual que genera la economía, no es riqueza el acervo de bienes producidos, sino la capacidad de producirlos.

El grueso de la pérdida en el oleoducto se da porque durante los últimos diez años el oleoducto ha bombeado a la mitad de su capacidad y los colombianos hemos devengado la mitad de lo que hubiéramos podido devengar. El argumento del ELN es que el petróleo sigue bajo tierra; y es cierto, el petróleo sigue allí. Pero, ¿de qué nos sirve que el petróleo siga bajo tierra, si durante diez o veinte años algún millón de niños han crecido sin escuela y ya son hombres analfabetas? ¿Qué riqueza es esa que sigue siéndolo mientras que los habitantes son hombres pobres?

El segundo ejemplo sobre los narcos que entierran sus tesoros tiene la misma concepción de "riqueza". Los lingotes enterrados no han generado muertos de hambre, ni crisis hospitalarias, ni falta de pago a los maestros. Después de todo enterrar los ligotes de por vida es igual que lo que hace el Banco de la República todos los días al quemar los billetes viejos. Hubiera habido desperdicio si la casa del Mexicano estuviera vacía, sin uso, o si las fincas no se cultivaran, etc. Pero el dinero, guardado, simplemente fue sacado de circulación y el Banco de la República o el gobierno habrán sabido usar a través del "señoreaje" monetario el hecho de que la economía absorbe la cantidad de dinero que demande el público y no más ni menos.

Entramos al tercer ejemplo. Dirá usted, amable lector, "ahora este tipo nos va a decir que no es la corrupción lo que está llevando este país al pozo". Pues seguramente que sí es la corrupción lo que está llevando este país al pozo, pero seguramente no de la manera como Ud. cree. Porque realmente, no es el robo de la plata para construír un puente el mayor perjuicio. El mayor daño a la sociedad se da cuando el puente, por haber sido construído con malos materiales, se derrumba y deja sin puente a quienes lo necesitaban para transportarse por él.

El fondo de este argumento está muy bien ilustrado por el chiste ya clásico de porqué habiendo por igual corrupción tanto en el sudeste asiático como en África, los países del sudeste asiático sí se han hecho más ricos y los del África en cambio se han hecho más pobres. En los años sesenta Sukarno, el dictador indonesio, invita al dictator africano Mugabe a su finca en una isla del archipiélago, lo trae desde Zimbabwe a Indonesia en su avión privado a la enorme hacienda, lo lleva a la mansión en un coche Maserati y lo atiende espléndidamente. Mugabe se extraña y le pregunta "General Sukarno, cuénteme, ¿cómo hizo para llegar a poseer tantas riquezas?" El indonesio señala al frente, donde al otro lado del valle una enorme y congestionada autopista cruza la selva: "Su excelencia ve esa aupista? ¡Veinte por ciento!". Diez años después Mugabe invita a Sukarno a su finca personal, es transportado a África por el jet privado del dictador a un aeropuerto propio de la hacienda. Carros, praderas exclusivas para el safari del dictador, servidores, mansiones y la consabida pregunta, ahora de Sukarno a Mugabe: "¿Su excelencia cómo hizo para llegar a poseer tantas riquezas?" La respuesta del africano es señalar una montaña al otro lado de la pradera, donde una espesa selva virgen cubre la totalidad del paisaje y decir: "Ve esa autopista, General? ¡Ciento por ciento!".

Entonces, ¿a Argentina y a Venezuela no se la robaron los políticos corruptos? Pues hombre, no, un político no puede llevarse un país debajo del brazo. La riqueza de un país no está en los pesos, los dólares, el oro o el petróleo, sino en su gente, sus ideas y sus leyes, sus instituciones y su infraestructura. Mire el caso de Alemania o Japón, que en la segunda guerra mundial fueron destruídos hasta el subsuelo y diez o veinte años después, eran países otra vez ricos.

Mire en cambio el caso de Hugo Chávez, con seguridad un hombre que sinceramente piensa en luchar contra los políticos corruptos, y que iba rumbo a instaurar un regimen de control de cambios, que bajo el nombre de Recadi fue el mayor instrumento de corrupción en Venezuela en la década de los ochenta.

Pero entonces, preguntará, Ud., si los políticos no se llevaron todas las riquezas que existían, ¿dónde se hallan esas riquezas hoy? Si pudiéramos dejar de pensar en que la riqueza simplemente cambia de mano, tal vez pudiéramos plantearnos la horrible hipótesis de su desaparición. No existen ya más. La riqueza se crea y se destruye, continuamente. Los objetos que gozamos los consumimos continuamente y éste mundo terrenal está hecho para crear y consumir bienes.

Los actos de corrupción y de destrucción de bienes generan dos hechos perversos: uno sobre el bien robado o destruído, y otro sobre la capacidad de la economía de producir bienes. El mayor daño es generalmente el segundo, no el robo o la destrucción directa. El mayor daño se encuentra en la cantidad de recursos que el corrupto desperdició, que convirtió en basura, pues el objetivo del corrupto no es hacer funcionar las instituciones para que produzcan, sino sacar una tajada, a veces a costa de enormes desperdicios de recursos. Que como no son de él, pues qué le importa que se desperdicien.

Si en Colombia la corrupción consistiera en que el corrupto hace bien el puente y lo hace tan bien que le sobra mucha plata y se la embolsilla, este sería un país rico. Al menos los contratistas de obras públicas serían muy ricos. Pero no es así. Un general Medina, exdirector de la policía acusado por aceptar sobornos de la mafia y por enriquecimiento ilícito fué condenado al encontrar como prueba del enriquecimiento ilícito la posesión de una casa avaluada en unos 500 millones de pesos. A lo largo del tiempo en que fue director de la policía continuó parado el elefante blanco de la torre del hotel ex-Hilton, propiedad de la caja de sueldos de retiro de la policía nacional. Un lucro cesante al año de al menos cien mil millones de pesos, es decir, 200 casas como las del general, cada año, durante los últimos 30 años. Si algún corrupto hubiera puesto a funcionar el hotel y se hubiera robado esa cantidad, habría al menos algún rico de verdad en este país. Habría producido y gastado esa plata y habría más gente rica a costa de esa riqueza. Pero no ha sido así, el general Medina es un hombre pobre condenado por corrupción y es además un enorme destructor de riqueza. Porque la riqueza sí se destruye. Los ahorros de las pensiones de los policías no existen. No se las han robado, pues en ese caso alguien tendría esa plata y no es así. Esos recursos fueron destruidos, aniquilados.

Algún cínico podría sacar de acá la conclusión de que es mejor dejar robar, pero bien. Es la conclusión cínica por antonomasia, que mirada desde otro punto de vista, nos entrega una conclusión sorprendentemente diferente: Si algún corrupto ladrón cae en un mundo donde es más fácil cumplir la ley que incumplirla, pues construirá el puente bien hecho y se hará rico construyéndolo eficientemente y cumpliendo la ley. Pero si en cambio, esa misma persona cae en un mundo donde da igual cumplir o no la ley, no le importará si el puente quedó bien o mal construído con tal de ganar la misma plata, pues con o sin puente, legal o ilegalmente, recibirá el dinero del contrato.

Obsérvese que la diferencia no está en la actividad del empresario corrupto, sino en el premio social y legal a hacer las cosas bien, y el castigo social y legal para hacer las cosas mal. Si estas ideas existen en el tejido social, el mismo país funcionará diferentemente.

Así que una parte del problema está en nosotros mismos, en todos los que creemos que los culpables de nuestra pobreza son unos políticos corrupt0os, en todos los que seguimos buscando ladrones donde sólo hay estúpidos. No somos los únicos que nos dedicamos a buscar ladrones, es cierto, pero es posible que, al igual que en Venezuela, Ecuador o Argentina, no encontremos nunca a los ladrones junto con la "riqueza que nos han robado". Si analizamos bien, seguramente encontraremos que el problema está en que no hemos producido esa riqueza y en cambio, hemos hecho todo lo posible para no producirla.

Dejemos de buscar culpas y comencemos a buscar soluciones.

E-mail: jjmontes@andinet.com


* Economista Universidad de los Andes - Funcionario Ministerio Comercio Exterior - Colombia

 

 

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