Es el año de 1740, época de virreinatos en América, y me encuentro en España, se acerca un hombre de edad avanzada con voz algo ronca, producto del último invierno y me pregunta: ¿de dónde eres? Algo atónito por tan extraña voz, me doy vuelta y tímidamente le respondo – Del virreinato de la Nueva Granada -, el hombre abre sus ojos con algo de alegría y de codicia a la vez y dice – Eres del trópico, eres del “Dorado”-.
Pasan los siglos y con éstos miles de guerra, modelos económicos, reyes y demás quedan atrás. Llegamos al año 2002, en un cuarto pequeño y calurosos de Bogotá, Colombia, un joven desesperado de ser un “paria” ante la sociedad mundial se debatía entre, como diría Shakespeare, ser o no ser. Me acerqué lentamente a observar lo que él hábilmente tecleaba, y lo observé era tan trágico y tan denigrante para el “Dorado” que quisiera compartir con ustedes:
“Ser colombiano implica de antemano ser hijo de la droga, es como si uno antes de nacer estuviera condenado a ser un narcotraficante (ante los ojos del mundo), sin importar el grado de cercanía que uno tenga con un extranjero esa va a ser una pregunta obligada, ¿usted vende de eso?, y es lógico, observemos por un minuto las noticias de CNN sobre Colombia, se remontan simple y llanamente a un informe detallado de cuantos gramos de droga fueron incautados en nuestro país, o cuantos años de prisión fue condenado al famoso narcotraficante.
Vivimos en una sociedad de encasillamientos, en donde si él es, todos lo son, por tal motivo vemos en los aeropuertos un estricto control antidrogas, pero ¿quién carajos se preocupa por un explosivo en una maleta?, por experiencia de un gran amigo mío, Stéfano Bury, quien estuvo en Israel, cuenta con gran impresión el hecho que cuando fue a salir del país hacia España, le tocó casi desnudarse para ver si portaba bombas, se le hizo extraño porque, tal vez, lo que más le importaba a la policía era si transportaba drogas.
La sociedad exterior nos enmarca, no le importa la realidad que viva el país, simplemente “al caído caerle”, y ¿cuál es la forma de hacerlo? Pues por la forma que mas lo denigre, por los medios de comunicación , ya hablé de los noticieros, pero ¿qué me dicen del séptimo arte? Películas como “ Traffic” o “Al diablo con el diablo”, no hacen otra cosa que decir, no se metan con el colombiano porque él solo vive para traficar, para denigrar la sociedad a la que llega. Esta apreciación provoca diferentes manifestaciones en la gente, voy a poner un ejemplo real, en los estados Unidos el colombiano, al igual que el cubano, el mejicano, y en mayor medida el haitiano, son discriminados por el simple hecho de nuestra sangre latina, pero la discriminación va aún más lejos, los isleños lo son por negros (problema racial que aún no resuelven los norteamericanos), el mejicano por ser el campesino de Texas y el colombiano por ser (nuevamente) el “narco” que vendrá a venderle droga a toda mi familia, por tal discriminación es difícil venderle a la gente la idea del colombiano trabajador, porque las únicas personas que dicen que son buenas son ellos mismos.”
El joven dejó de escribir , sintió mi presencia y de una forma bastante agresiva me pregunto que quién era yo, era difícil expresarle que yo sólo era una parte de él y que esa parte estaba orgulloso de lo que a él le había tocado vivir, así que sin vacilar lo aparté del ordenador y empecé a escribir, el joven algo desconcertado se apartó del teclado y me lo cedió, en ese momento descubrí escribir cosas buenas porque diferente a mí todo dentro de él era desesperación. Así que añadí a su escritorio:
“ Si bien es cierto que nuestra imagen en el exterior está muy deteriorada, también es cierto que los extranjeros que vienen al país, se embrujan (y no estoy hablando del consumo de narcóticos), por la alegría y amabilidad de su gente, consecuencias de esto es una gran cantidad de forasteros que al conocer nuestra cultura deciden quedarse porque se dan cuenta que lo que dicen los medios de comunicación es solo una pequeña parte de lo que significa Colombia, y es que esa palabra trae consigo un sinnúmero de cosas buenas, o que me dicen del tamal con chocolate, la subida a monserrate, el espéreme cinco minutos, el carnaval de Barranquilla, el puchero, el bombom bun , los buses de servicio público y sus vendedores, Pedro el Escamoso, el árbol, el “hoy no fío mañana sí”, las calcomanías en los taxis, los piropos, el pastel gloria, por nombrar algunos.
Ahora Bien éstos serían los motivos para quedarse en el país, pero ¿cuáles son las cosas buenas que se escuchan en el exterior? La respuesta sería más que obvia, los deportistas y los cantantes por ser limpios de cualquier forma de corrupción, por ejemplo, en Inglaterra es muy común oír hablar de Santiago Botero porque se ha vuelto un “grande entre los grandes”, por sus continuas victorias sobre los ciclistas europeos, Juan Pablo Montoya, el solo nombre lo dice todo a nivel mundial, René Higuita por su inolvidable “escorpión” en el templo del fútbol, Wembley, y Faustino Asprilla por sus tres goles ante el Barcelona, con el Newcastle United. En Italia es muy famoso Iván Ramiro Córdoba por ser considerado el mejor defensa central que ha militado en el Inter. de Milán. En España, aparte de Botero, son famosos, el torero César Rincón, los futbolistas, Harold Lozano y el “tren” Valencia. En Brasil Freddy Rincón. En Argentina Óscar Córdoba, “chicho” Serna, Jorge Bermúdez y Juan Pablo ángel, y el inolvidable “Pambelé” por sus combates en el Luna Park y, por último, en los Estados Unidos, el beisbolista Edgar Reantería y Carlos “el Pibe” Valderrama.
En cuanto a los cantantes podríamos decir que Carlos Vives y “Totó” la Momposina, son los más fuertes exportadores de cultura hacia el mercado europeo, por tener un mercado apto para el folclor “costeño”, Aterciopelados, Juanes y Cabas, con ritmos más alternativos deleitan a miles de estadounidenses que encuentran en estos músicos lo pesado del rock dentro de “swin” latino. Caso aparte sería el de Shakira quien con su sensualidad ha conquistado a todos los mercados en los que ha incursionado”.
El joven mientras más leía mis argumentos más cerca estaba de mí, se volvía tan orgullosos de lo que era, que los dos nos volvimos uno sólo, y fue en ese momento en que el joven entendió que:
Ser colombiano es más que un gentilicio, es un sentimiento que se lleva en el corazón y que todos nosotros estamos en la obligación de mostrarle al mundo lo que realmente somos, la tarea no es fácil, pero con humildad, trabajo y sacrificio lograremos cosas importantes, y llegará algún día, talvez lejano, en que no seremos más colombianos sino os que venimos del “Dorado”.
Apagamos el computador con la satisfacción de haber encontrado una respuesta que aunque difícil de cumplir, no es imposible porque, como decía San Agustín, 2 no hay cosas imposibles sino hombres incapaces”, y yo soy colombiano, no se les olvide.