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Revista INTERACCIÓN No. 46 - Sección LENGUA, GUERRA Y PAZ

Violencias y medios de comunicación: acuerdos y desacuerdos de las ciencias de la comunicación

Por: Miquel Rodrigo Alsina y Anna Estrada Alsina*


Las teorías científicas están sometidas a un cierto darwinismo teórico. Las teorías más explicativas, más fiables y, en definitiva, las que tienen más seguidores van ocupando el lugar de las teorías minoritarias, que finalmente desaparecen si no tienen a nadie que las sustente o las defienda. En este sentido, las ciencias sociales no difieren de las naturales. Estas luchas por el territorio académico-científico pueden tener tintes más radicales, dando lugar a rupturas epistemológicas y a revoluciones científicas (Kuhn, 1994), o a una coexistencia o convivencia, más o menos pacífica, de distintas perspectivas sobre el mismo fenómeno. Pero incluso en el caso de que una teoría sea la totalmente incuestionable, en un momento histórico determinado, el valor de la ciencia está precisamente en poder demostrar, en cualquier momento -de acuerdo con el falsacionismo-, mediante procedimientos científicos, que era una concepción errónea. Aunque no siempre es fácil cuestionar lo dado, como nos recuerda el propio Darwin (1993:51) en su Autobiografía, refiriéndose a una teoría: "...de acuerdo con el nivel de nuestros conocimientos en aquellos tiempos, no era posible ninguna otra explicación; y mi error fue una buena lección que me enseñó a no confiar jamás en el principio de la exclusión en el terreno científico".

El estudio de la violencia en los medios de comunicación, sobre todo en la televisión -y más recientemente en las nuevas pantallas (internet, videojuegos, etc.)-, no ha concitado un claro consenso entre los investigadores de la comunicación (Busquet, 2003). Sin pretensiones de exhaustividad vamos a recordar algunos de los aspectos en que hay un cierto consenso entre la comunidad científica y dónde se manifiesta el disenso.

Puntos de acuerdo en las ciencias de la comunicación

Aunque no todas las investigaciones lo aluden, no parece cuestionable que se acepte que la violencia es un constructo social. Como tal debe ser enmarcado en un contexto histórico cultural determinado (Rodrigo 2003). En España, por ejemplo, la violencia doméstica ha pasado de ser un asunto privado, con una visibilidad pública muy reducida, a convertirse en un delito, perseguible de oficio.

En la mayoría de los estudios se plantea, explícita o implícitamente, una preocupación por la violencia en los medios y sus posibles consecuencias. Esta preocupación, que aumenta en el caso de la audiencia infantil al ser considerada un segmento de edad que merece una especial atención y protección, es recogida  por parte de los poderes públicos y por parte de los organismos reguladores (Consell de l'Audiovisual de Catalunya, 2003).

En este sentido, aunque evidentemente los usos de los medios de comunicación varían a lo largo del desarrollo de una persona, en el caso de la infancia, dado que es un momento clave de formación cognitiva, emotiva y social, la preocupación es mucho mayor. También hay que decir que la mayoría de las investigaciones se centran en la televisión.

Para los investigadores de la comunicación está bastante claro que los medios construyen representaciones que pueden tener una cierta repercusión social. La producción simbólica de los medios de comunicación los hace ser uno de los principales constructores de representaciones públicas de distintos fenómenos sociales. Pero los medios no sólo etiquetan y enmarcan los acontecimientos, también construyen representaciones a través de la ficción y de la publicidad.

También se acepta que la violencia forma parte del contenido de los medios, tanto en la información como en el entretenimiento. La aparición de violencia en los informativos televisivos es una constante. Su intensidad, duración y características, en general, variará según los acontecimientos del día y de la política comunicativa, aunque menos, del medio. En determinados programas de ficción, películas bélicas, etc., la violencia también aparece de forma inevitable.

Sin embargo, la mayoría de los estudios de la comunicación consideran que, salvo circunstancias excepcionales, los sujetos analizados han adquirido una competencia comunicativa que les permite, por ejemplo, diferenciar los géneros televisivos, los tipos de violencia que aparecen en la televisión y el significado que hay que dar a cada tipo de violencia (Albero, 2006). También se da una competencia general entre los sujetos analizados en el reconocimiento de determinados tipos de situaciones y de las actividades que socialmente son definidas como violentas.

En relación a los posibles efectos de las violencias mediáticas, los acuerdos son menores. En primer lugar, hay que señalar que no siempre se está de acuerdo en hablar de efectos, aunque como mínimo se suele aceptar que se podría hablar de influencia. Donde hay un acuerdo, más o menos general, es en que no está claro si esta influencia es determinante en el sistema cognitivo, emotivo y conductual del individuo y si, aun siéndolo, dicha influencia es generalizable a otros individuos. También hay dudas sobre si aceptando que a corto plazo se da esta influencia, individual o general, se mantiene a largo plazo.

Sin embargo, se podría estar de acuerdo en que por el simple hecho de ver la televisión, y no realizar otras actividades, se da ya una influencia en la distribución del tiempo de ocio que disponemos.

A la hora de determinar la influencia de un tipo de programa concreto sobre un segmento de la audiencia determinado se suele aceptar que entran el juego múltiples variables. Dichas variables hacen referencia al contenido del mensaje: aquí se está de acuerdo en que no tiene la misma influencia la violencia real que la violencia ficcionada. Incluso en está última también puede haber diferencias según el realismo o la irrealidad de la violencia representada. También puede haber variables contextuales, que habitualmente no se tienen en cuenta. Puede haber momentos en que la sensibilidad social hacia la violencia, por un estado de opinión mayoritario, sea mayor que en otros momentos. Por último, está claro que en la audiencia, por muy concreta que ésta sea, intervienen distintas variables sociales: edad, género, clase social, cultura, familia; y distintas variables personales: carácter, antecedentes de agresividad, experiencias personales. En este punto hay que decir que parece haber un cierto acuerdo en que es difícil determinar la incidencia de cada una y de cómo actúan en conjunto todas estas variables.

Una de las características del discurso científico es que inevitablemente debe hacer una reflexión sobre el propio proceso investigador. En este punto la mayoría de los investigadores consideran que no hay un método y una técnica que pueda dar cuenta de una visión global y completa del fenómeno. Aun las aproximaciones más holísticas están condicionadas por la necesidad de parcelar el objeto de estudio y de construir una muestra.

Por último, hay que aceptar que, de acuerdo con la situación actual de las ciencias de la comunicación, los resultados de las investigaciones sobre la violencia en los medios son contradictorios. Hay una notable falta de consenso en la comunidad científica relacionada con los efectos de la violencia que aparece en la televisión. No está claro cómo afecta a los individuos y a la sociedad la proliferación de violencia en los medios. Veamos, pues, más detalladamente algunos aspectos de este disenso.

Puntos de desacuerdo en las ciencias de la comunicación

El primer punto de desacuerdo fundamental está en la propia definición de violencia. Como puede comprenderse, según qué definición se dé al término violencia, el desarrollo de las investigaciones pueden tomar rumbos muy distintos. En este sentido hay que reconocer que la violencia es un constructo social bastante difícil de abordar. La violencia tiene un carácter polisémico (¿Es violencia el maltrato a los animales? ¿Puede entenderse como violencia la bofetada de un payaso a otro en una función de circo?) y también tiene un carácter ideológico (los otros son los que ejercen la violencia o, como mínimo, la provocan), que hace muy difícil para la comunidad científica llegar a un acuerdo. Seguramente la única posibilidad es empezar una investigación aclarando de qué definición de violencia se parte. Así, en sus trabajos previos, el grupo de investigación de  "Infancia, Violencia y Televisión" de la Universitat Ramon Llull propone la siguiente definición de violencia: "Desde una perspectiva ética, creemos que ejercer violencia sobre alguien significa obligarlo, mediante la fuerza física o moral, a hacer algo que va en contra de su voluntad (contrario a la libertad individual y a su dignidad). Una de las características de la 'violencia' es el uso de la fuerza -física, moral o psicológica- aunque no toda fuerza ha de ser considerada necesariamente violenta. Se trata de un uso intencional que pone de manifiesto una situación de poder de unos hombres sobre otros." (Aran et al. 2001: 39).

Como corolario del anterior punto, al no haber un consenso en el concepto, tampoco se da en las posibles clasificaciones de la violencia. La violencia física parece que es la que suscita menos dudas, pero la violencia psicológica (el agravio, la ofensa, la desconsideración, la descalificación, etc.) plantea muchos más problemas, y la violencia estructural, que hace referencia a las condiciones de opresión y explotación en que viven algunas personas es, en muchas ocasiones, totalmente ignorada. Pero cabría preguntarse, por ejemplo, si la pobreza no es también una forma de violencia. Evidentemente toda clasificación de la violencia es una propuesta del analista que, necesariamente, incidirá en el resultado de la investigación. Así pues, si se parte de clasificaciones distintas es difícil llegar a acuerdos.

El objeto de estudio de la violencia tiene un fondo moral que no se puede descuidar. En las investigaciones científicas se puede hablar de causa (independientemente que se pueda estar más o menos de acuerdo en las correlaciones de causa-efecto), pero en ocasiones se habla también de culpa. Así, se puede considerar que la televisión es culpable del aumento de la violencia en la sociedad. La culpabilidad implica un juicio moral y una condena implícita. No todos los investigadores apoyan este juicio y esta condena.

La valoración de la violencia es otro de los puntos de desacuerdo en los estudios sobre la violencia. La adjetivización de la violencia pone de manifiesto que no toda la violencia es valorada de la misma manera. ¿Existe una violencia legítima o legitimada? ¿Se puede hablar de una violencia justificada o justificable? Aun cuando los investigadores suelen posicionarse en contra, implícitamente, de la violencia física y en ocasiones de la psicológica (la estructural no siempre es tenida en cuenta), de acuerdo con los relatos sobre la violencia, ésta puede tener, para los espectadores, una cierta justificación. Es bien significativa la aceptación de la noción "violencia gratuita" (arbitraria, sin fundamento). Este concepto pone de manifiesto que existe, por lógica, la "violencia no gratuita" (motivada, con fundamento).

Por último, en esta misma línea, hay señalar que no hay acuerdo en cuáles son las fronteras éticas de la violencia. ¿Por qué, y hasta dónde, estamos ante una violencia legítima o justificada? Por ejemplo: ¿Cuándo se puede hablar de legítima defensa (no en sentido jurídico sino de percepción social)? ¿Es aceptable la violencia, como un mal menor, que pretende prevenir un mal mayor? ¿Es legítima la violencia preventiva?

Uno de los principales lugares de confrontación científica es los efectos de la violencia en los medios de comunicación. En primer lugar, como ya hemos apuntado anteriormente, hay dificultad en definir los "efectos". Hay autores que prefieren hablar de influencia, de esta forma pretenden desmarcarse de la mirada conductista de estímulo-respuesta en sus investigaciones.

También la causalidad de la violencia mediática es puesta en duda por determinados autores, mientras que otros, aun con cierta prudencia, la defienden. No hay, pues, acuerdo en si la violencia en televisión produce mayor violencia en los individuos y en la sociedad.  

Si bien no hay investigadores que nieguen la influencia de los medios, lo que no está claro es en qué grado la ejercen. Algunos autores apuntan que la influencia puede ser muy importante, mientras que otros discrepan en este punto. El planteamiento que hace algún autor es que aunque la influencia sea  mínima, hasta qué punto el hecho que pueda afectar a muy pocas personas no deja de tener graves consecuencias.

Las discrepancias entre autores también se pueden encontrar en la metodología utilizada. Hay que reconocer que es notable la dificultad de medir los efectos o la influencia de la violencia mediática. Además, cada método de investigación tiene ventajas y limitaciones.

La discusión sobre lo cuantitativo y lo cualitativo ha disminuido algo en las ciencias sociales, pero sigue siendo un debate abierto. Aunque cada vez está más claro que cada método da unas respuestas concretas y tiene determinadas posibilidades. Los objetivos del investigador y el objeto de estudio son los que determinarán el tipo de método más adecuado.

Una vez hecha una propuesta de definición y de clasificación de violencia se plantea cuáles son los indicadores de la violencia en los relatos o en las conductas analizadas. En la operativización de los indicadores de la violencia, en muchas ocasiones, se acaba haciendo una definición simple de violencia, dada la dificultad de la recogida de datos. Quizás el mayor problema es que algunas de estas simplificaciones no reflexionan sobre la simplificación realizada.

Determinados estudios ponen de manifiesto que el aumento de violencia en la sociedad y en el individuo está relacionado con el aumento de aparición de escenas de violencia en la televisión. Pero también hay investigaciones que cuestionan dichas correlaciones. Quizás se podría llegar al acuerdo que los fenómenos complejos no suelen aceptar explicaciones monocausales y que, como ya hemos apuntado anteriormente, en este fenómeno intervienen múltiples variables.

Por último, a pesar de los desacuerdos y de las críticas entre las distintas investigaciones (Potter, 2003), donde si que hay un acuerdo mayoritario es en que la violencia es un problema que merece todos nuestros esfuerzos para encontrar su solución.


*Miquel Rodrigo Alsina, Universidad Pompeu Fabra.- miquelrodrigo@upf.edu
*Anna Estrada Alsina, Universitat Oberta de Catalunya.- aestradaa@uoc.edu

Bibliografía
 
-ALBERO, M. (2006) La mirada adolescent. Violència, sexe i televisió. Barcelona: Octaedro.

-ARAN, S. et al. (2001) La violència en la mirada. L'anàlisi de la violència a la televisió. Barcelona: Trípodos.

-BUSQUET, J. (2003) "Reptes i limitacions dels estudis sobre violència i televisió", en Trípodos Extra, Barcelona: Universitat Ramon Llull, pp.25 - 40.

-DARWIN, C. (1993) Autobiografía. Madrid: Alianza.

-KUHN, T.S. (1994) La estructura de las revoluciones científicas. México: Fondo de Cultura Económica.

-POTTER, J.W. (2003) The 11 myths of media violence. Londres: Sage.

-CONSELL DE L'AUDIOVISUAL DE CATALUNYA (2003) "La representació de la violència", en Quaderns del CAC nº 17, Barcelona: Consell de l'Audiovisual de Catalunya.

-RODRIGO ALSINA, M. (2003) "Repensar la violencia desde la cultura", en Trípodos Extra, Barcelona: Universitat Ramon Llull, pp.85 - 98.

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