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Revista INTERACCIÓN No. 41 - Sección COMUNICACION Y CIUDADANIA

Retos en la producción de la televisión colombiana

Por: Fernando Gutiérrez


Expresiones como “socio”, “chanfle”, “tuqui tuqui lulú” hicieron parte de un momento de la cotidianidad de nuestra cultura y hacen parte de la memoria de diferentes generaciones de televidentes, que crecieron o crecimos con la pantalla chica. Podemos mencionar personajes que van desde toda la gama creada por Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”, como el Chavo del ocho, el Chapulín Colorado, el doctor Chapatín, etc, pasan por los personajes de la primera generación de Plaza Sésamo, como Beto y Enrique, Paco, Abelardo, Lucas, la famosa Rana René, etc… hasta Eutimio Pastrana Polanía, de Don Chinche, William Guillermo el conductor de Romeo y Buseta, Oswaldo y el Triplepapito de Vuelo Secreto… Y así podríamos seguir en una lista interminable de personajes tan cercanos que parece que hubieran habitado nuestras casas y a los cuales conocimos mejor que a muchos de nuestros propios familiares.

Y es que desde que apareció la televisión, no ha dejado de ser ese asiduo visitante, primero formal en la sala de nuestra casa y luego íntimo y confidencial en nuestras habitaciones. Colombia no ha sido la excepción. Hace 50 años llegó a nuestro país, para quedarse y hacer parte de la construcción de nuestra memoria e identidad cultural, empezando a generar desde el principio, lo que los teóricos vinieron a llamar hibridaciones culturales.

Pero sobre el análisis de recepción y de los discursos se ha hablado mucho, aquí nos ocuparemos más bien de las diferentes visiones, desde las que se han producido los géneros y formatos que nos han acompañado a lo largo de estos 50 años, y de los retos de la producción televisiva para el futuro. En sus inicios, la televisión se hace en vivo y en directo. No hay posibilidad de grabar, porque la tecnología no ha llegado a ese punto de desarrollo. Presentadores, locutores y actores, esperan ansiosos el conteo regresivo: 5… 4… 3… terminan mentalmente y saben que la señal ya está al aire y que cientos de espectadores los están observando.

Las conferencias con temas académicos relacionados con la cultura, la historia, el arte, y demás, fueron los programas que inicialmente se transmitieron en nuestra televisión. No exigían mayor preparación, y las cámaras simplemente se dedicaban al registro de la imagen del conferencista con los gráficos que él utilizara, como si se tratara de un salón de clase o una sala de conferencias.

La entretención estaba definida por la presentación de grupos musicales en estudio, cantantes, guitarristas, etc., aunque procurando que los grupos musicales no fueran muy grandes y no tuvieran mayores exigencias técnicas en el manejo del sonido. Los informativos se limitaban a la lectura de noticias a través de un locutor, cuya principal habilidad radicaba en su capacidad para levantar la mirada del papel y dirigirse al televidente sin perder la línea en la cuartilla. El riesgo más grande era la hora del teleteatro, porque los actores estaban acostumbrados a las tablas o a la lectura del libreto en el radioteatro, pero en televisión esas condiciones cambiaban bastante. Uno de los errores comunes de la época, era el de la sombra del micrófono proyectada en las paredes del set, causada por la iluminación en el estudio.


Un breve repaso por el género dramatizado

En la década de los sesenta, una española con una ferrea formación en el teatro alemán, Alicia del Carpio, crea la comedia que va a ser parte del imaginario colectivo de los televidentes de la época: “Yo y tú”. Durante más de 20 años representó y reflejó en la pantalla chica las costumbres y los comportamientos de la clase media bogotana, tanto de la conformada por la gente que había nacido aquí, como la de la gente de otras regiones del país que llegaba y se insertaba en esta cultura capitalina. “Yo y tú” logró traspasar la experiencia del teleteatro en vivo, al de la experiencia del pregrabado, en cintas gigantescas de dos pulgadas, y dio paso a quienes más adelante se convertirían en las grandes estrellas de la actuación en nuestra televisión. Muchas de ellas hoy han desaparecido y otras, ya mayores, hacen parte de esa constelación de artistas de nuestra televisión altamente reconocidas como Consuelo Luzardo, Pepe Sánchez y Carlos Muñoz. “Yo y tú” está inserta en la mente de las generaciones de televidentes de las décadas del sesenta, setenta y ochenta y es un referente obligatorio del género dramatizado televisivo en Colombia.

Luego se dio paso a la comedia costumbrista con personajes populares, la mayoría venidos a Bogotá de otras regiones del país. En ellas se reflejaba la nueva Bogotá, la que crecía de forma desmedida y conformaba la síntesis de nuestra idiosincrasia colombiana. La comedia más recordada sin duda es “El Chinche”, pero también hay que destacar a “Romeo y Buseta” y “La posada”. Al final de la década de los ochenta e inicios de los noventa, Juan Manuel Cáceres da vida a una comedia que regresa a los personajes de clase media, los hijos de estas clases populares nacidos en Bogotá, pero con las raíces regionales propias de sus padres: “Vuelo Secreto”, que refleja la cotidianidad de la oficina de trabajo. Bogotá es una ciudad pujante, de empresas pequeñas y empresarios que buscan el éxito en una economía capitalista. Sus empleados, gente de clases populares que a través del éxito dado por el boom de las ventas, busca insertarse en la clase media. El mundo del arribismo y el escalamiento social. Sueños de carros y apartamentos, ropa de marca y todo lo que pueda dar una imagen de estabilidad y economía.

Latinoamérica aporta a la televisión su propio formato en el género dramatizado: La Telenovela, el melodrama es entregado a los televidentes en dosis diarias de media hora. Inicialmente, la telenovela se basa en la literatura. En Colombia se va caracterizando este género por crear elementos propios, diferenciándose de la que se hace en México o Venezuela. La nuestra tiene argumentos enriquecidos, personajes muy variados y propuestas atrevidas que rompen con los esquemas normales del melodrama, utilizando personajes costumbristas y diálogos muy literarios. “San Tropel” y “Caballo Viejo”, solo para nombrar dos casos, son un ejemplo fiel de esa diferencia que destaca nuestra telenovela.

En esa búsqueda de explorar nuevas propuestas, y en esa capacidad que tiene nuestra televisión de experimentar, surge una época muy interesante donde se destaca un discurso de género. Ninguna novela latinoamericana se había atrevido a exponer lo que la televisión Colombiana expuso en su momento, en tres casos específicos. La mujer que se supera en el mundo laboral, que demuestra que está a la altura del hombre en el manejo de las relaciones empresariales y comerciales y que no necesita de la “prótesis” masculina para destacarse en la sociedad: “Café, con aroma de mujer”; La mujer de edad madura, cuarentona, con hijos grandes y un largo matrimonio, que descubre que esa no es la vida que quiere, se separa, se independiza económicamente de su marido y se une a un hombre menor que ella: “Señora Isabel”; Y por último, el rompimiento del mito de la belleza, el que demuestra que no solo las bonitas tienen derecho a enamorarse: “Betty la fea”.

La crítica social y la reflexión sobre la situación que vive el país tampoco ha sido ajena al género dramatizado de nuestra televisión. En “La alternativa del Escorpión”, se criticó al periodismo televisivo y se denunció su estrecho vínculo con los poderes políticos y económicos y la manipulación de la información en pos de intereses particulares. En “Cuando Quiero Llorar no Lloro”, más conocida como “Los Victorinos” se mostró la enorme injusticia social que vive el país en sus diferencias de clase y en “Vivir la Vida” se demostró como la injusticia social lleva a que las clases menos favorecidas accedan a una forma de vida delincuencial, para tratar de alcanzar lo que el orden económico de explotación impuesta por la economía le niega.

Por último, para terminar este muy breve repaso por la memoria dramatizada de nuestra televisión, es importante mencionar las grandes producciones, que a través de un lenguaje cinematográfico y libretos de excelente calidad, pusieron un sello internacional a nuestras realizaciones televisivas, son ellas: “Azúcar”, a través de la cual se narra la historia de las grandes haciendas e ingenios azucareros. “La Casa de las dos palmas” en la que se cuenta como la cultura paisa colonizó la montaña y yendo en el lomo de mula, el comercio y el contrabando se fue afianzando la cultura de toda una región montañosa y “Escalona” el reflejo de la cultura vallenata Colombiana, rica en leyendas, mitos y costumbres, serie a partir de la cual Carlos Vives, el actor que representó a Rafael Escalona en la serie y cantó sus canciones, logró proyectarse al mercado internacional, y atravesar las fronteras para ubicarse y ubicar nuestra música dentro del contexto globalizado de las culturas.


Los retos en la producción de la televisión colombiana

En un principio, los formatos y modos de producción de la radio se trasladaron a la televisión. Se entendía que la televisión por ser un medio de transmisión eléctrica, cuya señal se irradiaba a través de las ondas hertzianas, era muy cercana a la radio. Presentadores, locutores y animadores famosos de la radio, coparon los espacios de la televisión, usando el mismo estilo que allí les había dado aceptación y fama. Concursos, musicales y teleteatro se fueron haciendo fuertes.

El concepto de producción teatral también se trasladó a la televisión, sobre todo en dramatizados y musicales. Se concebía el set como el escenario teatral y las cámaras asumían la actitud del público encargándose simplemente de registrar lo que sucedía en el escenario.

Mucho tiempo pasó antes de que se reconociera que en realidad, el lenguaje más próximo a la televisión era el del cine, y que sus formas de producción debieran ser las que alimentaran la realización televisiva. Sus características de lenguaje conjugadas por la imagen y el sonido, exigían un tratamiento audiovisual que sólo el cine había desarrollado. Y en ese lenguaje, la cámara juega un papel importante, ya que no solo registra los hechos, sino que puede asumir diferentes “puntos de vista” y definir posiciones subjetivas propias, que el director quiere definir como discurso. La cámara no es entonces un instrumento de registro, sino un elemento importante a través del cual se define el lenguaje.

Esto se vio claramente en Colombia, al incursionar en la televisión los directores y productores de cine, como Carlos Mayolo, Jorge Alí Triana y Lisandro Duque, quienes se habían negado constantemente a participar en ella, ya que la consideraban un medio vulgar para sus objetivos. Sin embargo, la ausencia de una industria cinematográfica y la desaparición de los pocos apoyos estatales, obligaron a estos profesionales a buscar una salida a su quehacer y formas de trabajar. Con su ingreso se demostró que sí se podían hacer producciones de alto nivel, que eran rentables y que además la gente si estaba preparada para ver discursos y mensajes que invitaran a la reflexión y la crítica.

Es importante destacar que Colombia incursionó en la televisión antes que países como España y México, y que ha tenido gran capacidad para enfrentar los retos y dificultades que se le han presentado de manera ingeniosa y particular. La televisión colombiana fue en un principio estatal, de hecho es el Estado el que monta toda su infraestructura y empieza a transmitir inicialmente, luego, crea una figura sólo usada en Colombia que es el sistema mixto de producción, donde el Estado es el dueño de la infraestructura y de la señal de televisión, y a través de licitación adjudica espacios a empresas privadas, para que estos produzcan sus programas y los comercialicen.

Esto generó, en apariencia, una industria débil que no podía hacer mayores proyecciones ni inversiones hacia el futuro, sin embargo, visto hoy frente a la producción de la televisión privada, ese sistema permitió que se asumieran retos importantes, que le dieron identidad a nuestra televisión y que en medio del sello comercial, que siempre ha imperado en la industria, se construyera una memoria con reconocimiento cultural para nuestro país. Había pluralidad, cierto nivel de participación y enfoques diferentes, además de una programación variada en géneros y formatos.

Hoy, cuando la televisión colombiana cumple 50 años y lleva cinco de privatización, todos estos elementos que se habían logrado, parecen estar desapareciendo. De una diversidad de géneros y formatos, pasamos únicamente a la telenovela ramplona y al reality show; de la pluralidad y diferentes puntos de vista en el manejo de la información, pasamos sólo a la visión enmarcada por los intereses de los dos grandes monopolios; de franjas televisivas claramente definidas, donde se cubría una buena parte de los públicos y de sus intereses televisivos, pasamos a la anarquía de la programación, donde los canales cambian los horarios de su programación, para forzar al televidente a ver lo que ellos quieren que vean.

La posibilidad de una televisión variada queda relegada a unos pocos privilegiados, que pueden pagar las tarifas de los canales por cable. La gran masa de la población, aquella que durante décadas construyó parte de su memoria a partir de la pantalla chica, hoy debe resignarse a una televisión, más que comercial, mercantilista. El aparente ingreso al mercado internacional de la producción televisiva, ha degenerado en la entrega de nuestra identidad y valores culturales, en favor de una televisión gobernada por los grandes monopolios internacionales del entretenimiento. Los formatos de los reality shows son creados y patentados en Inglaterra, comercializados y vendidos a América Latina por España y consumidos a unos costos altísimos por el público masivo de nuestro continente.

Colombia se niega a pensar que puede crear una industria con identidad propia, negando su historia y tradición en la producción televisiva, y prefiere comprar y copiar fórmulas extranjeras “globalizantes”, como el caso del modelo de la telenovela impuesto por México. Ahora, los personajes de las telenovelas colombianas se visten como los mexicanos, hablan como los méxicanos, y se matan al mejor estilo de la canción norteña mexicana. Lo más grave es que no copiamos lo mejor de la producción y de la cultura mexicana, sino lo más ordinario y banal, entre otras porque “se quiere entrar al mercado de Miami”.

¿Quiénes están produciendo la televisión hoy? Creo que esa es una pregunta que debería hacerse la universidad y, sobre todo, las facultades de comunicación, porque quizás parte del problema sea, que las facultades de comunicación se han limitado a graduar “comunicólogos”, pero no profesionales preparados para asumir el reto de crear procesos de comunicación, que construyan masivamente dentro de la sociedad. Si la visión de la producción televisiva se deja en manos únicamente de inversionistas, mercadotecnistas y administradores, el futuro del impacto del mensaje televisivo va a ser cada vez más precario. El papel del comunicador no debe ser el de quedarse mirando desde la barrera, analizando cómo afecta ese mensaje o cómo es interpretado por el público, sino que debe participar en la creación de modelos de producción, que permitan construir una sociedad con identidad y valores culturales y, al mismo tiempo, genere excedentes para un inversionista que ve la televisión como negocio y que, con razón, quiere recuperar lo que ha invertido.


* Máster en Diseño y Realización de formatos para televisión del IORTV español y la Universidad Complutense, director de la Escuela de Medios de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de UNIMINUTO, Corporación Universitaria Minuto de Dios.

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